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martes, 4 de septiembre de 2012

Libertad


El pensamiento griego –particularmente Aristóteles– separa como esferas distintas de la persona, aunque íntimamente relacionadas, sensibilidad, emotividad, afectividad, inteligencia y voluntad.
El pensamiento hebreo, en cambio, mucho más sintético y vivencial, concentra todas estas dimensiones en el corazón de la persona.
Así, para la Biblia, el corazón es la sede no sólo de los sentimientos y afectos, de los sueños y proyectos, sino también de las grandes decisiones morales. Todo "se cocina" ahí dentro.

Corazón y moralidad

En el Evangelio de hoy, Jesús insiste, particularmente, en el corazón como centro de la moralidad del ser humano. Ahí donde decidimos nuestra calidad, estatura y valor como personas. Porque la esencia de la persona humana, a diferencia de la de los animales y las cosas, es una esencia abierta.
El ser humano permanece siempre abierto al crecimiento interior, al perfeccionamiento como persona. Más aún, dicho crecimiento es una ley interior, un mandato inscrito en su propia esencia. Por eso en nuestro corazón resuena siempre una voz que nos dice: "¡Sé más!". So pena de ser menos.
El ser humano no puede seguir siendo el mismo con el paso del tiempo: o crece y mejora, o empeora; o se humaniza más o se deshumaniza. Lo explicaba el filósofo español José Ortega y Gasset: «Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede "destigrarse", el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse». La dignidad moral del ser humano radica, en definitiva, en esa posibilidad de ser más o ser menos persona.
Y para Jesús, el ser más o ser menos persona se juega en el corazón. «No es lo de fuera lo que mancha al hombre; es lo que sale del hombre lo que mancha al hombre». Ahí, en el sagrario íntimo de tu corazón, es donde tú decides quién realmente quieres ser.

La maldad del corazón

El corazón humano puede llegar a ser muy bueno. El pecado original introdujo la malicia en el corazón humano. Sin por ello eliminar la aspiración congénita del corazón a la verdad, a la bondad, a la belleza. Por eso, en el corazón humano tantas veces se dan cita lo mejor y lo peor de cada persona. Tristemente, con frecuencia ha prevalecido la maldad.
El profeta Jeremías dejó constancia de esta realidad: «El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?» (Jer. 17, 9). Y Jesús, en el Evangelio de hoy, apunta en la misma dirección: «Porque de dentro, del corazón, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre»

Corazón y libertad

Como vimos, en realidad cada uno decide qué cocina en su corazón: Si intenciones buenas, nobles, generosas, altruistas, bondadosas. O intenciones malas, mezquinas, egoístas, amargas. Y, en particular, tú decides, en cada momento, qué haces con lo que te llega de fuera o con lo que te brota de dentro.
De fuera pueden venir tentaciones, ofensas, agresiones, olvidos. De dentro pueden venir malas inclinaciones, pasiones desordenadas, emociones descontroladas. Tú decides qué haces con todo ello. Puedes sentir la fuerza de las tentaciones o de las malas inclinaciones, pero tu corazón tiene siempre la suprema libertad de consentir o no.
Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco, célebre por su experiencia en los campos de concentración nazis, solía fortalecer su corazón durante el cautiverio con lo que él llamaba ejercicios de suprema libertad. El régimen nazi, para debilitar, desmoralizar y hasta "animalizar" a los presos, les proporcionaba una ración claramente insuficiente de pan al día. Frankl tomaba su minúsculo trozo, lo partía a la mitad, y se comía la cantidad que él decidía tomar. El resto lo compartía. Así mantenía su libertad intacta, por muy "preso" que estuviera. Así seguía siendo "dueño de sí mismo".
La decisión de ser más o ser menos persona no depende de las circunstancias; está en tu corazón.

Y tú, ¿cuidas tu corazón?

Tu corazón es un jardín. De él brotan tus pensamientos, deseos y acciones. Si de tu corazón brotan buenos pensamientos, deseos nobles, acciones honestas, volarás y serás más y más persona.
Si de tu corazón brotan malos pensamientos, deseos perversos, acciones viles, no volarás, y serás menos persona. ¡Cuida tu corazón! Claro está, cuidar el corazón supone trabajar el corazón.
El corazón se cultiva igual que un jardín: hay que escoger bien lo que se siembra, arrancar abrojos, eliminar plagas, regar frecuentemente y podar cuando hace falta. Los corazones buenos no se improvisan.

María

María, como buena Madre, conoce como nadie el corazón humano. Pon el tuyo en sus manos. Dile que quieres cuidarlo. Pídele que te ayude a sembrar y cultivar en él sólo buenos pensamientos, buenos deseos y buenas

lunes, 3 de septiembre de 2012

Dios cada día nos llena de bendiciones y gracias



Un alma recién llegada al cielo se encontró con San Pedro. El santo llevó al alma a un recorrido por el cielo. Ambos caminaron paso a paso por unos grandes talleres llenos de ángeles. San Pedro se detuvo frente a la primera sección y dijo: "Esta es la sección de recibo. Aquí, todas las peticiones hechas a Dios mediante la oración son recibidas." El alma miró a la sección y estaba terriblemente ocupada con muchos ángeles clasificando peticiones escritas en voluminosas hojas de papel de personas de todo el mundo.

Siguieron caminando hasta que llegaron a la siguiente sección y San Pedro le dijo: "Esta es la sección de empaque y entrega. Aquí, las gracias y bendiciones que la gente pide, son empacadas y enviadas a las personas que las solicitaron." El alma vio cuan ocupados estaban los ángeles trabajando en empacar y enviar a la tierra tantas bendiciones.

Finalmente, en la esquina más lejana del cuarto, San Pedro se detuvo en la última sección. Para sorpresa del recién llegado, sólo un ángel permanecía en ella ocioso silbando melodías y haciendo muy poca cosa. "Esta es la sección del agradecimiento" dijo San Pedro. "¿Cómo es que hay tan poco trabajo aquí?" - preguntó el alma. "Esto es lo peor"- contestó San Pedro. "Después que las personas reciben las bendiciones que pidieron, muy pocas envían su agradecimiento."

"¿Cómo puede uno agradecer a las bendiciones de Dios ?"

"Simple" - contestó San Pedro, "Sólo tienes que decir: ¡Gracias Señor!".

domingo, 2 de septiembre de 2012

Jérôme Lejeune

En 1972 estuvo en una tertulia en Couvrells, a 100 km de París, pero..., ¡qué íbamos a saber nosotras entonces...!
Jérôme Jean Louis Marie Lejeune was a French Catholic pediatrician and geneticist, best known for his discovery of the link of diseases to chromosome abnormalities. Wikipedia
Born: June 13, 1926, Montrouge
Died: April 3, 1994, Paris
Education: Collège Stanislas de Paris
 
Estudia medicina y en 1952 comienza a trabajar como investigador del CNRS, del que llegó a ser director diez años más tarde. Se convierte en experto internacional de Francia sobre radiaciones atómicas.
En 1958, a la edad de 32 años, descubre la primera anomalía cromosómica en el hombre: la trisomía 21. Más tarde, con sus colaboradores, descubre el mecanismo de muchas más enfermedades cromosómicas, abriendo así la vía a la citogenética y a la genética moderna.
En 1964, es el primer profesor de Genética Fundamental en la Facultad de Medicina de París. Al año siguiente es nombrado jefe del servicio de la misma especialidad en el hospital Necker-Enfants Malades, de la capital francesa. Allí trabajó hasta su muerte en la atención a los niños enfermos, buscando terapias eficaces contra las anomalías causantes de subnormalidad e investigando sobre las afecciones de origen genético en general.
En 1974, ingresa como miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias.
En 1981, se integra en la Academia de Ciencias Morales y Políticas.
En 1983 se incorpora a la Academia Nacional de Medicina.[1]
Es doctor Honoris Causa, miembro o laureado de numerosas academias, universidades o comunidades de intelectuales extranjeras. Era también miembro de academias extranjeras, como la de Ciencias de Suecia, la norteamericana de Humanidades y Ciencias (Boston), o la Real Sociedad de Medicina de Londres. Recibió diversos galardones científicos, tanto en Francia como en otros países, ya que era reconocido como uno de los primeros expertos mundiales en genética.
En 1994, es nombrado primer Presidente vitalicio de la Academia Pontificia para la Vida.
Su compromiso en defensa de la vida humana se traducía en continuas intervenciones públicas y en la actividad dentro de la asociación "Laissez-les vivre", de la que fue consejero científico y uno de los promotores. También era presidente de "Secours aux futures mères", organización dedicada a ayudar a embarazadas que se encuentran en situaciones difíciles.
El 28 de junio de 2007 se inició la causa de beatificación y canonización del profesor Lejeune. El proceso diocesano se concluyó el 11 de abril de 2012 en la catedral de Notre Dame de París.[2]

sábado, 1 de septiembre de 2012

Catherine Bardinet y Lourdes Bandeira

Catherine Bardinet

Hay como un milagro que Dios se apresura a llevar a cabo en el país galo: con nueve años de anticipación, ha traído a la Obra la primera vocación francesa de la Sección de mujeres. El acontecimiento tiene la naturalidad y sencillez del apostolado del Opus Dei. La familia Bardinet, que vive en la ciudad de Burdeos, tiene una antigua amistad con los Bandeira, españoles, oriundos de Vigo. Los intereses comerciales mediaron en el comienzo de esta relación, ya que ambos son industriales y exportadores de los vinos de su respectivo país. Pero, en la actualidad, su confianza ha rebasado los límites de cualquier interés material. En el verano de 1949, Lourdes Bandeira Vázquez se desplaza a Burdeos para convivir unos meses con sus amigos franceses. Se trata de aprender el idioma y conocer Francia. Lourdes ha pedido la admisión en el Opus Dei hace apenas un mes. En Burdeos, comparte su tiempo con Catherine y Michelle Bardinet. Esta familia ha educado a sus hijos en la religión católica, pero su vida no transcurre por los cauces de una piedad intensa. Son muy jóvenes, y las posibilidades que les brinda el ambiente imponen un ritmo trepidante a su existencia cotidiana. Allí, a orillas del Garona y frente al gran estuario que se abre al Atlántico, Lourdes hablará a Catherine de una tercera dimensión en la alegría cotidiana, de la presencia de Dios en los minutos de la jornada para llenar su juventud. Se entienden en un francés muy elemental, pero suficiente para que Lourdes pueda leer unos puntos de «Camino». Catherine se queda con el libro y una noche, con ayuda de un diccionario, trata de desentrañar el sentido y la proyección de aquellas frases.

«Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón» (40).

«Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo»(41).

Y Catherine empieza a vivir, muy pronto, la alegría y la exigencia de esta llamada. Lourdes le habla de la expansión de la Obra, que ha comenzado ya; de las vocaciones que han de llegar de Francia, de Inglaterra, del mundo entero.

El 15 de agosto de 1949, Catherine Bardinet escribe al Padre solicitando su admisión en el Opus Dei.

La familia Bardinet regalará al Fundador una imagen de la Virgen para que presida las tareas de la Obra en tierras francesas. Los padres de Catherine, tras recorrer muchas tiendas de antigüedades, han decidido encargarla directamente a un escultor. La talla quedará preciosa. De rasgos delicados, sostiene en una mano el cetro rematado por una flor de lis. Su atención de madre se centra en Jesús, y apoya levemente, con intimidad, la cabeza en Dios hecho Niño. La madera adquiere pátina en una de las grandes bodegas de Burdeos, junto a los vinos que encuentran en el tiempo su mejor color y sabor. El Padre ve esta imagen por primera vez en Los Rosales, la casa de Villaviciosa de Odón, y le gusta mucho.

En 1957, un grupo de la Sección de mujeres prepara su viaje a París. El Fundador les descubre el horizonte que espera a la Obra en el país galo:

«Francia puede y debe hacer un gran papel en el mundo, para defender la doctrina de Jesucristo. La labor en Francia interesa en muchos sentidos, para bien de todas las almas»(42).

Poco antes de salir de Roma por la estación Termini, el Fundador escribirá, en latín, en la primera página de un cuaderno, a las que se marchan a Francia:

«Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amen. Amen».

Una aceptación directa, total, de los acontecimientos que el Cielo tiene reservados ya, sin duda, para sus hijas en el país vecino.

En junio de 1958, precedida por la oración a Sancta María Regina Galliae y por la bendición del Padre, este grupo pondrá en marcha la Residencia Rouvray.

viernes, 31 de agosto de 2012

Cartas del Padre a los "parisinos": "mucho esperamos de Francia, concretamente de París. Es buena cosa esperar, si además vosotros metéis la reja del arado"

Barrio Latino

El Padre les escribe con frecuencia. El 22 de enero de 1948 llega la primera carta, que lleva fecha del día 19. Les anima con su buen humor:

«Muy queridos parisinos: vuestras cartas no llegan-si es que las enviáis- o llegan con un retraso inexplicable, a pesar de enviarlas por avión. A mí sólo se me ocurre decir: oh, la liberté.

Aquí toda esta familia trabaja de veras y desea que arraiguéis vosotros, como ellos están de firme arraigando.

Supongo que tendréis optimismo y buen humor -¡gracia de Dios y buen humor!-, para resolver con garbo y con alegría las peguitas que se presenten (...).

¿Estudiáis? ¿Mucho? ¿Cómo marcha ese acento parisién, en vuestro francés? ¿Vais teniendo buenos amigos?

Cuando lo necesitéis, escribid a casa, a Diego de León, para que os vayan a ver vuestros hermanos».

Y en otra del 16 de febrero de 1949:

«Que Jesús me guarde a esos hijos. Con muchas ganas de veros, y de veros ahí. Que estéis contentos: roturar es cosa muy recia (...). Tengo planes estupendos: un poco de paciencia. Os quiere, os abraza, os bendice vuestro Padre». Y el 30 de mayo de 1949, desde Roma:

«Queridísimos: mucho esperamos de Francia, concretamente de París. Es buena cosa esperar, si además vosotros metéis la reja del arado».

El Padre se refiere a la necesidad de integrarse plenamente en la vida -el idioma- y el trabajo de cada país. Y empezar a roturar ese terreno con el espíritu de la Obra. Arar esa parcela del mundo que Dios ha destinado a cada uno.

Hasta el 2 de febrero de 1953 no se abrirá el primer Centro de la Obra en Francia, en la Rue du Doctor Blanche, próxima al Bois de Boulogne. Seis meses más tarde habrán de trasladarse a otro de menor alquiler, en el número 11 de la Rue de Bourgogne, cedido por un periodista de «Le Monde». Precisamente el 2 de octubre tendrá lugar el traslado, con la ayuda del coche de un amigo francés.

El nuevo piso está próximo al Barrio Latino, donde se concentran la mayoría de los estudiantes. Desde aquí le envían al Padre noticias frecuentes estos chicos que estudian con todas sus fuerzas y rezan por las calles y plazas de París, mezclados con ocho millones de personas. Uno de ellos escribe a Roma:

«Cada vez que pienso, Padre, en el camino por el que voy andando, me vuelvo loco de alegría y de agradecimiento. No hay nada comparable a esto que nosotros estamos viviendo y que tantos y tantos ni advierten. Por eso me da pena esta gente que no se da cuenta de cuánto vale lo que les venimos a traer. ¡Si lo supieran! Padre, empújeme con su oración para que vaya más aprisa. No tenemos más remedio que ir a la misma velocidad que los acontecimientos».

¡Podéis transformar en divino todo lo humano, como el rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba!»

El primero de la Obra que pasa los Pirineos para establecerse en Francia es Fernando Maycas (35). El 18 de octubre de 1947 toma el tren con dirección a Irún. Allí se hace cargo de los documentos necesarios y cruza a pie el puente internacional, ya que la frontera está cerrada. Cae una lluvia persistente mientras atraviesa los limites entre ambos países.

Al llegar a Hendaya toma el tren de París. Durante un mes vivirá en el Colegio de España, casi enteramente ocupado por refugiados. Pero un día llega el telegrama: Alvaro Calleja(36) y Julián Urbistondo
 vienen de camino. La estación de Austerliz presencia el abrazo de los tres.

Don Julián Urbistondo en su 80 cumpleaños


 

Durante dos años estudiarán Historia y Filosofia en la Sorbona, establecerán contacto con amigos y conocerán, intensamente, el modo de ser de la «ciudad luz».

El Padre les ha recordado la gran influencia que Francia ejerce en el mundo a través de su cultura. Y el lugar preeminente que ocupa en la historia de los pueblos y de la Iglesia. Desde el punto de vista religioso, una mayoría de la población tiene una educación familiar católica, pero la enseñanza oficial es laica.

Las cualidades de los galos son un buen terreno de promisión para el Opus Dei. Difícil siembra, pero gran cosecha de vocaciones en el correr de unos cuantos años. El amor a la libertad que proclama apasionadamente todo francés, es puerta abierta a un espíritu que se declara ajeno a cualquier humana coacción, aceptación implícita de un talante evangélico universal que respeta a creyentes y no creyentes: a gentes de toda condición.

Los cien mil estudiantes de París cruzarán, como una promesa, ante los ojos de estos primeros miembros de la Obra que residen en París. El final de la Segunda Guerra Mundial ha removido los cimientos de ideologías y convicciones; ha tratado de sepultar normas y consagrar nuevos conceptos de la existencia humana. París hierve en torno a las corrientes de pensamiento. La rotura moral de la última contienda pone su impronta sobre los intelectuales.

Es un buen momento para llegar con una levadura de esperanza. Tiempo difícil y adecuado para compartir inquietudes, conversaciones, intereses, en las tardes del Boulevard Saint Michel, en la margen izquierda del Sena, en las aulas de La Sorbona; de repetir, junto al empaque de medallones y estatuas, palabras eternas que no pueden erosionarse en la desesperanza.

«¡Esperanzados! Ese es el prodigio del alma contemplativa. Vivimos de Fe, y de Esperanza, y de Amor; y la Esperanza nos vuelve poderosos. ¿Recordáis a San Juan?: a vosotros escribo, jóvenes, porque sois valientes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y vencisteis al maligno (I Juan II, 14). Dios nos urge, para la juventud eterna de la Iglesia y de la humanidad entera. ¡Podéis transformar en divino todo lo humano, como el rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba!»(38).

Es tiempo, además, de admirar esta maravillosa ciudad en el regusto de los Campos Elíseos, en cualquier amanecer sobre el Arco de Triunfo. Aquí donde Francia ha colocado el monumento al «soldado desconocido», saben que nunca el anonimato arropa sus actividades, ilusiones y trabajos. Porque a unos pocos kilómetros de distancia, el Fundador y la Obra entera inundan con su desvelo los nombres de aquellos que han partido por la ancha geografía del mundo.

El hábito no hace al monje

 El hecho de que una persona se vista con distinción y elegancia no significa necesariamente que tiene buenos principios o buen comportamiento.
Del mismo modo, el hecho una persona que siempre lleva ropa informal, no necesariamente indica que tenga malos principios o una conducta reprochable. A primera vista, el argumento parece lógico y hasta obvio. Sin embargo, analizado en profundidad, no se sustenta.

Es verdad que el hábito no hace al monje. Sin embargo, es un elemento que lo identifica. Nadie negará que la pérdida de la identidad de muchos sacerdotes y monjas, que tuvo lugar durante los últimos cincuenta años fue en gran parte debida a que abandonaron sus hábitos tradicionales, que expresaban adecuadamente el espíritu de pobreza, castidad y obediencia, así como un estilo de vida ascética adecuada para la vida consagrada. Y para algunos una elegancia y un tono que perdieron al quitarse el hábito.